La metáfora y lo sagrado 13 May 2012

El Señor del Buen Nombre

Perfil | Samuel Cabanchik

Un ensayo en el que Cabanchik repasa la obra de un intelectual que en sus ensayos postuló la necesidad del ser-en-comunidad.

 

La obra de Héctor Alvarez Murena aún espera ser descubierta. No es que no haya recibido ninguna atención sino que ésta se halla muy por debajo de la estatura de esa obra. Un hecho que la verifica, pues uno de sus significados permanentes es denunciar la orfandad a la que está condenada una conciencia lúcida, reflexiva y audaz cuando no encuentra un diálogo adecuado con la comunidad a la que pertenece; cuando sus congéneres –aun sus pares– se niegan a reflejarse en el espejo que les ofrece.

Los textos de Murena son impiadosos con su tiempo –que en gran medida es también el nuestro. Ensayos que en su orden de razones, interpretaciones y descripciones, no disimulan las pasiones volcánicas de las que brotan; relatos y novelas que llevan al lector al borde de la incomprensión y la ruptura de cualquier sentido; poemas de un despojamiento conmovedor.

Pero no son sólo estas características las que han hecho difícil su recepción hasta nuestros días. A ellas hay que sumar su independencia de juicio, su resistencia a diluir su escritura en expresiones de moda o dogmas ideológicos y su vocación profunda para desenmascarar las apariencias que ocultan el fondo oscuro de un mundo mal hecho, de una comunidad abortada en su misión de humanizar la vida. 

Filósofo sin academia y escritor sin tradiciones, Murena eligió la soledad. No la reservada al fácil, altivo y anárquico desprecio del adolescente, sino al espíritu indómito y salvaje de la crítica sin concesiones, que no da sitio alguno a consuelos complacientes. Supo encontrar y valorar referentes en nuestra cultura, como Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal y algunos otros. Estuvo al corriente tempranamente de las principales tradiciones de pensamiento en la agitación misma de su nacimiento y su desarrollo. Lector incansable y voraz, construyó su propia Babel en la cual rastrear las huellas del espíritu. Por ello, su rebeldía es la del pensador maduro, no la del vano iconoclasta.

Tal vez haya llegado el tiempo para ofrecer una clave de lectura que abra la obra ensayística de Murena, intentando captar su lógica conceptual, su unidad y sistematicidad por debajo de su apariencia errática, sus incongruencias y su dispersión. 

Sin duda, una referencia apreciable la ofrece el propio Murena en su reconstrucción narrativa de muchos de sus ensayos. En efecto, pueden leerse en este sentido los excursus a los textos reunidos en La cárcel de la mente puestos en serie a través de su enumeración, la que refleja la disposición de los ensayos seleccionados por el autor a partir de diversos libros publicados a lo largo de casi dos décadas. El protagonista de esa pequeña narración que tejen los excursus es una mente. Que se trate de una mente nos deja ante la necesidad de decidir si dicha mente está personalizada, si se compone estadísticamente o si es una mente cualquiera. También abre el interrogante del valor que adquiere el término con referencia a las oposiciones, polaridades o complementos posibles, como cuerpo, existencia, sujeto, espíritu, etc.

La segunda cuestión planteada remite al sentido del nombre del libro mismo: ¿por qué una cárcel? ¿Es la mente misma una cárcel o más bien la prisionera? Y en la última opción, ¿qué la aprisiona? ¿De qué materia están hechos los barrotes?

Finalmente, la tercera cuestión es que la narración se presente como irrupciones fragmentadas según los textos que se exponen en un cierto orden, el que a su vez enviste al excursus de una estructura dramática.

A la primera cuestión ha de responderse que el personaje es a la vez una mente en particular, la de Murena por caso, pero que al mismo tiempo se propone como la aventura que cualquier conciencia crítica está llamada a protagonizar en cualquier comunidad. El punto de partida es la situación americana para un americano que encuentra en su condición una fuente de peligro, de inquietud y de oportunidad. Pero el desenvolvimiento de esa conciencia crítica configura una dimensión proteica que transfigura la singularidad de esa mente en la particularidad del ser americano y, a partir de ello, en la universalidad de cualquier existente frente a su situación comunitaria.

Podría decirse que la mente en cuestión encarna un universal singular. Esta expresión que Sartre acuña para comprender a Kierkegaard puede servir muy bien a los fines de la comprensión de cualquier existencia. De lo que se trata es de captar el sentido en el que una subjetividad deviene sí misma en el movimiento de la Historia. Dicho sentido no se realiza plenamente en la Historia como universalidad del saber porque permanece por siempre abierto, transhistórico, como una botella al mar del tiempo humano, para que los otros se hagan cargo de él con su propia creación de sentido, una y otra vez, indefinidamente.

Ahora bien, Murena pretendió vivir comprendiéndose a la vez desde ambos puntos de vista. Su obra es el testimonio de ese afán de retener su singularidad saltando por sobre todas las determinaciones de la Historia universal pero como si fuera el sujeto de esa misma Historia. Es decir, se objetiva como escritor para devenir singularidad universal, como resolución del pesar que todo existente debe llevar a cuestas por ser eso, un existente, y como tal, una hendidura en el seno del ser, en medio de la Historia.  

Desde luego, el proyecto de integración del sujeto y el objeto, de la interioridad y la exterioridad, en fin, de la conciencia y la Historia, no puede sino fracasar. Este fracaso es la materia de esa cárcel: si la mente está encarcelada es porque ella no puede sino vivir en la paradoja de que su encierro es al mismo tiempo la condición de su libertad.

Ese esfuerzo por autodeterminarse como ya determinado por una Historia que sin embargo está en curso, lo lleva a instrumentar figuras heroicas destinadas a combatir y superar otras antitéticas: el parricida frente al doble pecado de ser americano; el ultranihilista contra el titanismo y otras figuras cuya significación es ambigua, como los desposeídos y homo atómicus.

Que el protagonista del relato reconstructivo del sentido de su obra ensayística sea la mente denota, junto a las significaciones ya mencionadas, el componente metafísico y aun místico del pensamiento de Murena. Metafísico ya era el enfoque adoptado explícitamente desde El pecado original de América, polémicamente dirigido contra el predominio de la perspectiva sociológica o, más en general, de las llamadas “ciencias sociales”. El misticismo, por su parte, es un rasgo de creciente gravitación en la obra de Murena. Alcanza su logro mayor en La metáfora y lo sagrado y es la sustancia de sus diálogos con Vogelmann. En verdad, la dimensión mística opera como causa final que conduce todo el movimiento de La cárcel... y más allá de ese libro en particular, del conjunto de los textos ensayísticos y poéticos –incluso, por contraste, aun de los narrativos.

En la perspectiva de Murena, la mente alcanza en su estancia mística su verdadera naturaleza, la que le permite a la existencia recuperar su sentido, descifrándolo como mediación entre la tierra y el cielo, anudando inmanencia y trascendencia, expirando el pecado original, deshaciendo uno a uno los falsos nombres hasta alcanzar el auténtico, el originario, en fin, El Buen Nombre (...)

Toda su obra evoca con nostalgia la tierra del origen, Europa sí, pero más fundamentalmente el Edén, el regazo de lo divino que nuestras pobres herramientas pretenden recuperar, siendo el arte y fundamentalmente el conocimiento místico el camino regio para tal recuperación, para ese retorno.

Es en este contexto donde cobra toda su significación la figura del Señor del Buen Nombre. ¿Quién es este señor? Por lo pronto así se denomina al fundador del hasidismo que, como se sabe, constituye la última etapa de la tradición mística judía. Se trata de Israel Ba’ al Schem, que significa, precisamente, “Maestro del Santo Nombre” o, como se lo traduce en El secreto claro, “El Señor del Buen Nombre”. Pero ¿en qué consiste para Murena –en este caso es más justo decir para Murena-Vogelmann– el Señor del Buen Nombre?

El Señor del Buen Nombre es quien habla la lengua verdadera, originaria. La anterior al pecado, a la caída. Aquélla que constituye el don divino que Adán ya poseía antes de probar el fruto del árbol. Luego de ello, todo lenguaje humano dispersa y divide, distrae del verdadero nombre, es tan sólo excursus, digresión. Sin embargo, piensan Murena y Vogelmann, los hombres son capaces de recuperar el lenguaje divino si asumen que toda palabra evoca los nombres fundamentales.

Mi hipótesis es que Murena quiso construirse a sí mismo como un auténitco Ba’ al Schem. Sus ensayos son al menos las huellas de ese camino que comienza por rebautizarse a sí mismo “H.A. Murena”. De ahí en más, su búsqueda es encontrar el lazo que une el individuo a la comunidad de los hombres a través del nombre de Dios. Sin embargo, su posición discursiva no es estrictamente religiosa, ni siquiera mística, pues se sabe separado, desgarrado, solitario, en una palabra, simplemente existente.

De allí que el punto culminante de su enseñanza se encuentre en textos como su interpretación del significado de Babel y de Pentecostés y su teoría de la metáfora, que constituye una auténtica antropología filosófica, según la cual el ser mismo del hombre es metáfora. Lo que Murena finalmente nos ofrece es una comprensión de lo humano con especial énfasis en su dimensión de ser-en-comunidad –una significación por cierto muy propia de la tradición hasídica originaria. El Señor del Buen Nombre es entonces aquel que es capaz de despertar en sus prójimos la misma vocación de redención que lo habita y lo alimenta; en suma, aquel que encuentra el nombre de Dios como nombre-de-la comunidad, como nombre común.