La sociedad como veredicto 27 Ene 2018

En el nombre del padre

Soy | Página 12 | Ernesto Meccia

Didier Eribon, uno de los más célebres pensadores en torno a la cuestión gay, continúa en La sociedad como veredicto la tarea de hacer sociología a partir de la propia biografía, que ya había emprendido en Regreso a Reims. Su origen proletario, la conflictiva relación con un padre violento y la vergüenza son para el filósofo francés el punto de partida para preguntarse si es posible dejar atrás por completo el propio pasado, desterrar de uno mismo el pueblo natal y matar definitivamente al padre. A la edición en español de este ensayo se suma también la publicación de Teoría de la literatura, recientemente aparecida en estas tierras, en donde el biógrafo de Michel Foucault lee a contrapelo el canon de la literatura gay.

 

Palabras más, palabras menos, habla Friedrich Nietzsche: ¿A quién llamás malvado? A aquel que siempre quiere dar vergüenza. ¿Qué es lo más humano para vos? Ahorrar la vergüenza a alguien. ¿Cuál es el sello de la ansiada libertad? No avergonzarse de sí mismo. Este ping pong de preguntas y respuestas delinea un programa existencial que coincide con el de Didier Eribon para quien la vergüenza y la humillación son temas desde Reflexiones sobre la cuestión gay (1999) pasando por Regreso a Reims (2009), y llegando hasta la La sociedad como veredicto (2013), libro que acaba de publicarse en castellano gracias a la editorial El Cuenco de Plata.

La sociedad… es un ensayo nada relajado sobre Regreso…, un ensayo autobiográfico. Y decimos “nada relajado” porque tenemos a un intelectual de sólido renombre, empecinado a lo largo de muchas páginas en hacer una severa auditoría pública sobre las formas en que los orígenes sociales se hacen presentes en su vida fuera y dentro de la academia. Hay una gran apuesta en demostrar cómo la mirada de los universitarios, entrenada para objetivar el mundo, puede ser traicionada por la fuerza de los orígenes que siguen habitando la mente y el cuerpo; como si el mundo se encargase de demostrar finalmente a todos -incluidos a los pensadores más exitosos- que por más capas de lecturas académicas que nos adosemos no existe profilaxis respecto a él. Se trata de una profilaxis inversa a la que imaginamos: no es debido al contacto con la piel que el mundo exterior contagie nuestra interioridad, antes bien, es nuestra interioridad forjada en la infancia la que nunca se va y se esparce por nuestro cuerpo, traduciéndose en emociones negativas como la vergüenza, el miedo y la repugnancia hacia uno mismo y sus círculos originarios. Esos momentos de afloramiento doloroso del pasado en el presente son interesantes de estudiar cuando quienes los padecen son personas que provienen de condiciones de las cuales quieren despegarse, mientras la sociedad ya había tomado recaudos para que no las eludan. Podemos aprender mucho viendo como ante una levantada de cabeza en busca de aire fresco, la sociedad saca una mano llena de veredictos que la vuelven a hundir. Y si el que saca la cabeza es puto y de origen popular la mano viene más pesada.

TRANSFUGAS

Las preguntas de Eribon son sobre de los “tránsfugas” o, mejor, sobre la posibilidad de serlo. “Tránsfuga”: el que se pasa de un bando a otro, o el que huye de un lugar a otro, en todos los casos luego de una traición. ¿Se puede realmente pasar de bando? ¿Existe realmente otro lugar para el tránsfuga? El autor no es optimista pero esta aseveración, más que conclusión, es una premisa con la que quiere fundar un programa biográfico de autoconstrucción. Un plan liberador de tiempo indefinido, lleno de ensayos y errores, en cuyo transcurso el tránsfuga sentirá desgarramientos.

En los años 70, para el joven Eribon el acceso a la universidad, significó transitar por un lugar en el que pudo realizar con éxito una primera huida. El estudiante sintió que era tránsfuga del asfixiante mundo heterosexista en el que había aprendido a autopercibirse a través del insulto. Se consumó como un alto traidor a ese universo de difamaciones unilaterales: puto en la punta de la lengua y en el dedo índice como atributo siempre listo para dispararlo como bala en cualquier oportunidad. Las lecturas “cultas” fueron instrumentos para tomar distancia y ver la organización social de la sexualidad. Imaginemos al autor en la biblioteca de la universidad, adentrándose en la frondosa selva de las ideas, yendo de cita en cita, de referencia en referencia, tratando de profundizar el sentido de la obra de autores cuya existencia supo por alguna revista de circulación popular leída por casualidad en Reims. Así llegó el momento del coming out, neutralizador de la vergüenza sexual. Sin embargo, las cosas no fueron fáciles: a la par que disminuía la vergüenza sexual aumentaba otra vergüenza anteriormente no sentida (o no sentida tanto), la vergüenza social provocada por el recuerdo de su pasado en un medio obrero, rodeado de hombres sin más atributos que la fuerza física y el machismo, y de mujeres que además del trabajo en la fábrica conocieron el trabajo de limpieza en domicilios particulares (adonde a veces él las acompañaba). Vergüenza ante un mundo embrutecido, alienado, automatizado, funcional a la reproducción capitalista, según concluía de las lecturas de autores distintos a los que le sirvieron para el coming out.

M’HIJO EL FILOSOFO

Coming out y coming in, qué difícil la vida del filósofo: para consumarse como tránsfuga del orden sexual le fue necesario entrar en la universidad en cuyas puertas, sin embargo, tuvo que dejar a su familia. Como tránsfuga sexual, orgulloso; como tránsfuga de clase, culposo, porque en la universidad se agrandaron las imágenes negativas del pasado y así se destruyeron los pocos afectos que mantenía (no vio a su familia por muchos años), inaugurando una enorme distancia vertical que el autor vive con remordimiento porque -como intelectual- sabe que es la distancia que otorga el privilegio universitario. Mirar desde arriba. Finalmente, resulta que el hijo gay de dos desheredados tiene “condiciones” para cuestionarles su modo de vida haciendo uso de un pensamiento y un lenguaje de los cuales ellos estuvieron sistemáticamente privados por pertenecer a las clases bajas. Su amigo y maestro Pierre Bourdieu no hubiera dudado en concluir que esta “capacidad” cognitiva es uno de los tantos ejemplos del “racismo de la inteligencia”. Ahora bien, bien vista, la vergüenza del hijo (su mala conciencia ante el asesinato simbólico de sus raíces): ¿no será, en realidad, un signo de la astucia de la dominación, que hace cargar el peso de una nueva mirada inferiorizante a quienes ya eran destinatarios de esa clase de mirada? El inferiorizado que inferioriza: una espesa situación que atormenta a Eribon.

Estos planteos llevan a un tema desafiante: la gestión de diversas fuentes de identificación social a lo largo de una biografía. La respuesta a ¿qué somos? (siempre relativa) dependerá de ella. Eribon debió combinar cuestiones de clase y sexuales. Pero en el libro trae a otrxs tránsfugas que la pasaron peor, debiendo combinar también cuestiones religiosas, de género y de raza.

Vamos con una anécdota. Regreso… se publicó en 2009 y en 2010 la editorial decidió sacar una edición poche. La primera estaba ilustrada por “La carretera de Utzes”, una pintura de Nicolás de Stael de aspecto desolador en la que se ve una línea gruesa de tono claro que opera como divisor de lo que está distribuido a ambos lados (dos grandes superficies negras), en el fondo hay un horizonte de rojo fuerte y arriba un cielo oscuro que no parece amigable. No es difícil imaginar la metáfora del camino que sirvió para ir y para volver de la zona roja. Para la edición poche ¡le pidieron una fotografía de su familia! Eribon dijo que no tenía, lo cual no era cierto. Luego de las exequias de su padre (a quien no había visto por veinte años, tanto como a su madre) la última le había dado algunas. La mala conciencia no estaba ausente en esta mentira y, de paso, demuestra cómo la vergüenza -gran traicionera, gran compañera- volvió a hacer de las suyas.

A pesar de haber escrito una autobiografía en la que se exponía totalmente, el autor, por esos días, intentaba justificarse pensando que la había escrito para ayudar a pensar a través de su caso un gran tema: el libro no era sobre él sino sobre la dominación social. La tapa con Stael lo atestiguaba. En este marco, la propuesta de la foto lo ponía en un gran aprieto, lo atormentaba, hacía que bajara la cabeza para reencontrarse de  nuevo con ese gran agujero que estaba intacto en su pecho. Dice, respecto de un “detalle” como la fotografía: en la primera edición se invitaba a leer una historia sin verla; sin embargo, el agregado de la fotografía invitaba a leer viendo su historia y a los suyos adentro, algo que ponderaba angustiosamente como el grado máximo de la impudicia, que lo enfrentó a una de sus últimas grandes cobardías.

NADA SOBRE MI PADRE

Finalmente entregó una foto. Tenía una con su padre, símbolo -la redundancia no es ociosa- de sus orígenes: “Muchas veces tenemos ganas de tirar las fotos, o de recortarlas. ¿Quién no tuvo alguna vez esa tentación? Mi madre me dio una foto entera. Yo la mutilé. ¡Conocía el pasado! Quería borrarlo. ¡Nada sobre mi padre! Pero en cierto modo el resultado es el mismo: aún se distingue, cerca del borde de la imagen, un fragmento de la camisa a cuadros que él llevaba ese día. Eso atrae (más) la mirada, como lo haría el detalle extraño de un cuadro maltrecho.”

La sociedad… es un libro más que estimulante para quienes estén interesados en las sinuosidades de los procesos identitarios, sean éstos originados por cuestiones de clase, sexuales, de género, religiosas, étnicas o varias de ellas intersectadas. Sinuosidades demostrativas de que las identificaciones suponen también deserciones y grandes impactos en la afectividad.