Paso a paso hasta el último 24 May 2008

El último libro del último escritor

ADN | La Nación | Redacción

 

"¿Tiene sentido hablar de la proximidad de la muerte? No está allí donde se cree oírla rondando alrededor de uno, ni más lejos de adonde uno pospone dirigirse: su gran fuerza consiste en no estar en ninguna parte, excepto en la cabeza de aquellos a quienes obsesiona y que no la verán nunca", anota Louis-René des Forêts (1918-2000) en Paso a paso hasta el último , brevísimo y conmovedor cuaderno póstumo en el que el autor francés indaga la extinción concentrándose en una paradoja: que la muerte (como la escritura) no está en ninguna parte porque está en todas.

Escritor que hizo de la escasa visibilidad y de la publicación a cuentagotas una cuestión de método, Des Forêts permitió que su literatura siempre oscilara sobre el precipicio que separa el lenguaje y lo inasible de las experiencias. En El charlatán (1946), su segundo libro, ese conflicto era el motor interno del relato. La voz narradora se dedicaba con conocimiento de causa a la tarea de mentir y reconocer que mentía y se volvía, a medida que transcurría el relato, más indeterminada y escurridiza. En los notables relatos de La habitación de los niños (publicado originariamente en 1960 y que El Cuenco de Plata dio a conocer años atrás en español), esa opacidad encontraba soberbias modulaciones que no le debían nada a la pirotecnia posmoderna.

En Paso a paso... , Des Forêts es consecuente y frente a la certeza de la muerte se dedica a escribir. No busca la trivial sabiduría del aforismo, sino el palabrerío, esa forma bastarda del habla. Se entrega a la dilapidación de energía como si de algún modo la muerte precediera al silencio definitivo de la voz: "Si esta profusión verbal tiene un sentido, consiste en atenuar el tormento de estar llegando al final, en que incluso un disparate charlatán parece preferible al no-decir " A partir de allí, solo queda hundirse, contra viento y marea, "en el inextricable pantano de las frases ".

Hervé Guibert y William Gaddis (este último de manera contemporánea a Des Forêts) ya habían utilizado la escritura como compás de espera de la muerte. Pero hay algo que difiere de esos proyectos en esta "obra informe de construcciones tambaleantes, de andamios en su mayoría inutilizados". La escritura reflexiona y se desliza con distanciamiento, casi siempre a través de la tercera persona, el único modo de imponer el necesario "desconocimiento de nuestra singularidad". Acepta la desprolijidad de una prosa que corre y balbucea, que no aspira a representar el papel de "una comedia edificante". A medida que Des Forêts discurre por ese itinerario inmóvil, las marcas de la decadencia física se dejan entrever y adelantan lo inexorable.

Paso a paso hasta el último es un conmovedora elegía sobre la extinción, más conmovedor aún porque lo escrito conserva, como si esa y no el sentido fuera su finalidad última, las marcas del tiempo real en que se lo produjo. El lenguaje no es confiable, es apenas un residuo, y la última despedida debería incitar la hilaridad, pero quien escribe no tiene fuerzas ni ánimo para dejarla actuar.

Maravilloso grado cero de la prosa, desesperado ejercicio que se abriga bajo un gesto frío, este libro final, definitivamente final, del irremplazable Des Forêts ejemplifica como ningún otro la utopía del último escritor que en su momento imaginó Maurice Blanchot: él es "el último escritor" porque intuye, con conocimiento de causa, que, de uno u otro modo, todos lo son.