22 Abr 2017

Pascal Quignard Nuevas noches áticas

La Razón | México | Daniel Rodríguez Barrón

 

Es muy raro encontrar a un escritor que piense y planifique su obra a muy largo plazo, y la proponga no sólo como un conjunto de piezas sueltas —cuento, novela, acaso poesía y drama— sino como una summa, un tratado sobre todas las cosas.

Aulio Gelio fue un abogado y escritor romano del siglo II que pasó buena parte de su vida en la península Ática, verdadero corazón del mundo griego, recogiendo toda clase de informes y saberes de su tiempo: gramática, ciencias naturales, historia, filosofía, política, religión y desde luego ciencias jurídicas. A esta suma de conocimientos, de reportes e historias que recogió en veinte volúmenes, las llamó Noches áticas.

De los veinte, sólo está perdido el libro octavo, y se diría que desde siempre constituyeron una fuente para conocer a autores hoy completamente olvidados de no ser por las citas allí referidas, como los carmina de Nevio y Ennio. Pero más allá de estas reliquias literarias, objetos preciosos y únicos, aunque fragmentarios, la obra de Gelio es una historia moral y de costumbres no sólo de la época que le tocó vivir, sino además, de cómo entendieron la vida los hombres que Gelio ya veía como sus antepasados.

A vuelo de pájaro, revisando sólo el índice de las Noches áticas, nos encontramos con temas como los siguientes: “De que el agua de nieve es nociva, según Aristóteles”; “Por qué produce diarrea el miedo repentino y por qué el fuego excita la orina”; “El sentido de obesus y de otras palabras antiguas”; “Del arcaísmo y del neologismo”; “De cuántos niños pueden nacer en un solo parto”; “De si la letra e del verbo quiesco debe ser breve o larga en su pronunciación”; “De las diferentes opiniones de los filósofos acerca de si la voz es o no es cuerpo”; “De las coronas militares. Detalles sobre las coronas triunfal, obsidional, cívica, mural, castrense y naval; sobre las coronas de ovación y de olivo”. Y así hasta completar veinte tomos.

No se crea que se trata de una lectura pesada, al contrario, está llena de anécdotas divertidas y enigmáticas, y su trazo es el fragmento, rara vez un capítulo va más allá de un par de páginas y la mayoría evoluciona a lo largo de un solo párrafo, tal y como escriben muchos ensayistas contemporáneos como Roberto Calasso, Carlo Ginzburg y desde luego Pascal Quignard.

CONOCIMIENTO FASCINANTE

Pascal Quignard (violonchelista, editor y escritor francés nacido en 1948) ya ha superado por lo menos en número de volúmenes a Aulio Gelio; su obra ronda los cincuenta libros y es prácticamente imposible seguirle el paso; la cosa se complica si uno lo lee en español, porque su obra está desperdigada en varias editoriales de otros tantos países (España, Argentina y México). Sin embargo, tiene un creciente número de lectores y un número no menor de verdaderos fieles.

Pero, ¿por qué fascina su obra? La sola pregunta le haría sonreír, puesto que ya en El sexo y el espanto nos ha dicho que “la palabra griega phallós se dice en latín fascinus” (Editorial Minúscula, Barcelona, 2005, p. 8). Se diría entonces que lo que fascina es aquello que está oculto, que no deberíamos ver o conocer; sus libros son una búsqueda violenta y efervescente de verdades incómodas, son tratados de demonología, esa rama de la teología dedicada a valorar y sopesar la naturaleza de nuestros daimones, de nuestros terrores: el sexo, el conocimiento, el dolor, y desde luego la muerte.

Por ejemplo, Quignard ve el sexo en su aspecto destructivo y dionisiaco, no como el ejercicio de salud física y mental que nos quieren vender las revistas de moda, sino como un acto fundamentalmente trágico donde lo sagrado nos eleva, pero también, y Quignard lo precisa, el sexo es un acto prehumano, nació antes de que existiera la especie humana, es una placa tectónica que nos destruye cuando quiere.

Asimismo, Quignard se plantea el dilema del conocimiento en términos negativos, explorando lo que llama “el criterio de lo sórdido” (Albucius, El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2012, p. 18). Es decir, recurre a los temas más viles, a las cosas más bajas que sólo por obra del arte se convierten en las más conmovedoras, nos devuelven íntegra nuestra humanidad no divinizada sino misteriosa y ambigua, pues sobrevivir, dice, “es siempre vergonzoso” (Albucius, p. 72).

Cuando uno lee a Quignard está corriendo un peligro porque su lectura es una forma de perder el equilibrio, de escuchar verdades poco agradables, de perderse en el terror de la noche y lo desconocido. Sabe que contar no es algo sólo para pasar el tiempo —aunque asegura que el relato es una invención para concebir un tiempo humano, no el tiempo eterno de los dioses, sino la “temporalidad que no puede hacerse humana si no se articula de una manera narrativa” (La lección de música, Editorial Funambulista, Madrid, 2005, p. 61)— sino un ejercicio vital, en el más estricto sentido de la palabra: sus textos, así sea momentáneamente, nos separan de la muerte y la “rabia de estar sometido al aburrimiento, al sexo” (ibid., p. 65), y otorgan sentido a lo que nunca puede tenerlo, porque, como asegura, “estamos destinados a los fantasmas” (El sexo y el espanto, p. 101), a vivir permanentemente desamparados.

¿Cuál es la finalidad de la vida?, nos pregunta a quemarropa. “El hambre, el sueño y el espasmo” (El sexo y el espanto, p. 114), contesta. “Nacer es un placer que muere” (ibid.), y no hay otra terapéutica que el relato, porque el relato —afirma— “es el deseo indestructible. El deseo sin goce, el apetito sin hastío, la vida sin muerte” (ibid.). Quien lee a Quignard debe saber que comete un acto clandestino, se convierte en un mirón perdido en un templo en cuyas salas se escenifican la tortura y el placer, la más ardorosa fidelidad al conocimiento mezclada con unas ganas de “franquear lo antes posible las puertas de la muerte” (ibid.).

PEQUEÑOS TRATADOS

Los Pequeños tratados son, a decir del propio autor, “un género inventado por Pierre Nicole en oposición a los Pensamientos de Pascal”; se trata de ensayos súbitos, investigaciones fragmentarias sobre un tema en específico (que abordaré enseguida) y que suman ocho volúmenes, escritos entre 1977 y 1980, pero rechazados por varias editoriales hasta que
en 1991 aparecieron íntegramente en francés. La editorial Sexto Piso se ha embarcado en la labor de editarlos en traducción del filósofo Miguel Morey. Ya han aparecido los primeros dos (España, 2016).

Supongo que los eligieron para salir en conjunto porque analizan un grupo de temas afines: el nacimiento del lenguaje; la creación de la escritura; la invención del papiro, del códex

y de la imprenta; las diferencias
entre la lectura en voz alta y en voz baja; la función del lector y del autor; los grandes personajes que inventaron una palabra, acaso una letra,
algunos una tipografía; la necesidad e invención de la tilde; la función del copista y del editor moderno (no hay que olvidar que Quignard fue lector y luego editor de Gallimard).

Desde luego, no se trata de una historia de la lectura, ni del libro ni del lenguaje: nada más alejado de su intención. Ni siquiera desarrolla sus temas en forma secuencial, un párrafo puede tratarse sobre una palabra —una y otra vez, Quignard hace del conocimiento el resultado de una evolución etimológica de tal o cual palabra en el tiempo— y en el siguiente sobre la invención del punto en la i. En un párrafo habla de una novela del antiguo Egipto llamada Seton-Khâmpis donde el héroe está en busca de un libro, y en el que sigue sobre la dificultad de traducir cierta frase de San Jerónimo.

Incluso se da el lujo, en uno de los tratados, de reproducir, suponemos que íntegramente, la transcripción de una entrevista publicada en 1978 en la revista L’Humidité y que sostuvieron Georges Perec, Benoît Anelisseau y el propio Pascal Quignard sobre el tema “La biblioteca”; pero ¡nunca nos dice a quién pertenecen las palabras que estamos leyendo! Sólo comienza con un guión largo y alguien dice: “—Usted desentierra a latinos y griegos cubiertos de polvo”. ¿A quién se debe esa intervención y todas las siguientes? ¿A Perec, a Anelisseau o a Quignard? No se sabe: sencillamente presenciamos y leemos un diálogo entre tres hombres cultos que amplían su conocimiento sobre un tema.

Si alguna vez, en las próxima décadas, la lectura y la escritura se convirtieran en asuntos vergonzosos o impúdicos, o sencillamente prohibidos por algún régimen en turno, y estas dos figuras —lector y autor— tuvieran que volver a alguna catacumba para profesar su fe en la palabra y la letra, el significado y el sonido, el códex y el libro… acaso entre los libros sapienciales, aquellos que nuevamente nos enseñarán el camino, podrían estar los Pequeños tratados de Pascal Quignard.

Pese a la comodidad de cierto pesimismo contemporáneo que nos quiere hacer creer que la época de los grandes, esos hombres y mujeres sabios a los que deberíamos prestar oídos, ya ha pasado, lo cierto es que vivimos un momento interesante donde trabajan Giorgio Agamben, Roberto Calasso, Donna Haraway, Edward O. Wilson, Carlo Ginzburgo y desde luego Pascal Quignard, por mencionar sólo a los vivos. Cada uno realiza un trabajo propio dentro de su área de conocimiento.

Quignard, me parece, está escribiendo una biblioteca personal. Me explico, no es que sus tomos conformen en sí mismos una pequeña biblioteca; ni que, como insisten muchos autores, y en Quignard sea absolutamente evidente, cada uno de esos volúmenes constituya un capítulo de un único y largo libro.

Nada de eso. Me refiero a que Quignard va recogiendo un mundo de temas que podrían constituir una pequeña biblioteca: las aves y las palabras, el poder y el conocimiento, la posesión a través del sexo o del espanto y el suicidio como única salida honrosa de este mundo, la edición y la música, el silencio y el retiro espiritual, los clásicos grecolatinos y los santos del cristianismo temprano, la corrupción del cuerpo y todos sus despojos (lágrimas, sangre, heces, orina, semen), la vida intrauterina y el último reino (como llama a la vida fuera del vientre de la madre), la filosofía y la vida de quienes filosofan…

Si por una desgracia, que no deseo jamás, se perdieran los libros del mundo y quedaran sólo los de Quignard, tendríamos una visión parcial y subjetiva de las cosas —huelga decirlo—, y sin duda extrañaríamos la posibilidad de ir a los textos fuente, qué duda cabe. Sin embargo, poco a poco, sabríamos de sexo y religión, de anatomía y de música, tendríamos una historia del lenguaje, conoceríamos fragmentos de los maestros antiguos, de modo que incluso bajo ciertas faltas —la subjetividad y el acceso a las fuentes, ya mencionadas— podríamos reconstruir buena parte del conocimiento occidental.

Este es el sentido que ofrezco al pensar que Quignard está construyendo una biblioteca en medio del naufragio: quiere dejar sus propias Noches áticas.