Las lágrimas 07 Abr 2018

Vértigos y éxtasis del baile y del llanto

Revista Ñ | Rodolfo Biscia

Dos ensayos del escritor, de elegante arbitrariedad, narran de un modo histórico y personal el origen de la danza y de la lengua francesa.

 

En dos de sus últimos libros, Pascal Quignard se deja fascinar por la imaginación de los comienzos, ahí donde el saber se desvanece en conjetura incontrastable. Bajo el disfraz de un cronista medieval, en Las lágrimas festeja el nacimiento casi simultáneo del idioma francés y de la precoz poesía que, ya en el siglo IX, esa lengua alumbró. En El origen de la danza fantasea sobre la génesis del arte del movimiento, con la intención de esclarecer las raíces del arte a secas. Comencemos por el ensayo, donde sus argumentos persuaden a medias, antes de abordar la novela, donde la historia conmueve a pesar de los manierismos.

Hay dos formas fundamentales de la danza, propone. La primera precede al nacimiento; la segunda se limita a remedar esa natación dichosa que todos una vez practicamos en la corriente amniótica. También hay dos reinos donde nuestra vida se explaya. En el más originario, la danza se confunde con la música y la ingravidez; en el segundo, todo ha pasado a regirse por el poder del lenguaje. En cualquier conato de baile, lo cotidiano se interrumpe para que, fugazmente, el mundo arcaico retorne. Lejos de encarnar una gimnástica de la perfección, la danza subraya la torpeza constitutiva del hombre y celebra los modos del arte que la reconocen y recuperan. La experiencia que introdujo el butoh en el Japón de la posguerra resulta aquí decisiva. Hijikata Tatsumi rechaza la idea de que, en el origen de la danza, el ritmo haya preponderado: hubo y hay gesto antes del ritmo y más acá del lenguaje y la postura erguida.

Hay que recordar que, en 2010, el propio Quignard montó un espectáculo de butoh con la participación de Carlotta Ikeda. Esta artista japonesa, que moriría en 2014, había tomado su nombre de la bailarina italiana –Carlotta Grisi– que estrenó Giselle (1841). En El origen de la danza tampoco falta una consideración sobre esta pieza central del repertorio romántico: de ese lúgubre cuento de hadas se subraya el trasfondo demoníaco.

Se da, por lo demás, una relación íntima entre la danza y las formas del vértigo, del trance, incluso del espanto. “La danza es el ék-stasis del cuerpo-que-sale-del-cuerpo-que-precede”, sostiene Quignard abusando de los guiones. Más adelante dirá, con mayor sencillez, que la danza “es cualquier cuerpo humano que se emociona, que se moviliza”. Ese éxtasis del cuerpo remite a una motricidad que logra trascender el mero espasmo de fuga: danzar es “salir sin irse”. (La tesis tiene un correlato prescriptivo bien preciso: si pretende serle fiel a su naturaleza extática, un espectáculo de danza no puede ser demasiado largo).

Los curiosos encontrarán un libreto de butoh en el libro, donde nos enteramos de que la pieza concebida por Quignard se centra en la historia de Medea. En muchas otras páginas de El origen de la danza, esa tragedia se analiza desde todos los ángulos posibles. Pero también se recuerdan mitos griegos e incluso védicos: estamos habituados a la elástica enciclopedia que el autor despliega cada vez que se sienta a escribir. Este ensayo rapsódico puede dedicar una página tanto a los chamanes de la Siberia paleolítica como a las enormes estrellas primitivas que, después del Big Bang, habrían girado sobre sí mismas como trompos. En un recodo del libro, se reflotan las contribuciones del psicoanálisis temprano; en otro, se comenta la génesis del teatro latino a partir de las danzas sagradas etruscas, que eran mudas. Quignard injerta recuerdos de su infancia en la ciudad portuaria de Le Havre, algo que arroja luz sobre su saga Último Reino. O evoca con maestría la atmósfera de su servicio militar y la época del Liceo. Algunas digresiones son poco pertinentes, pero todas responden a una lógica subterránea, más musical que especulativa.

Las lágrimas propone otra narrativa de los orígenes, esta vez los de la lengua francesa. Más precisamente, la historia de cómo el francés surgió casi por feliz accidente a partir de un latín en retirada. Reencontramos en este libro la predilección del autor por los neologismos y el origen de las palabras: no es casual que, en una página, comparezca San Isidoro de Sevilla, patrón de las etimologías falaces. Incluso en esta historia medieval, Quignard logra insertar otra secuencia autobiográfica, que en nada desentona. Pero Las lágrimas es ante todo una narración bien delineada, con personajes precisos, que transcurre en el siglo IX.

Es la historia de dos hermanos, los nietos de Carlomagno. Por un lado, Nithard, el que nace primero, el hijo preferido, un príncipe capaz de volverse abad y de escribir la Historia de los hijos de Luis el Piadoso. Por otro, Hartnid, el hermano entregado a las muchas mujeres y a los vagabundeos profanos. También Sar, una especie de Casandra del medioevo cristiano. Y frater Lucius, el mejor copista del monasterio, acompañado de su gato negro.

En esa época, la Galia abandonó su nombre para tomar el de Francia, que le darían sus invasores germánicos después de haber dominado a su vez a los invasores romanos. En 842 se firman los Juramentos de Estrasburgo, redactados en lengua latina, germánica y en una forma arcaica –la primera documentada– del francés escrito. “Es la piedra de Rosetta trilingüe de Europa”, exagera Quignard. Pero lo cierto es que, al tiempo que prestaron juramento, Lotario, Carlos el Calvo y Luis el Germánico dividieron el Imperio en tres vastas partes, y que en ese reparto ya se perfila el derrotero político de la Europa actual. La importancia filológica y simbólica del documento es indiscutible: puede considerarse el acta de nacimiento del idioma francés, en el marco de un acuerdo político de alcance secular.

La francesa es la más precoz de las literaturas europeas en lengua romance. Como demuestra Ernst Robert Curtius, en esto se reconoce el éxito de la reforma educativa de Carlomagno. En cuanto a la primera obra de su literatura, podemos fecharla el miércoles 12 de febrero de 881, en Valenciennes, a orillas del Escaut: se la conoce como la Secuencia de Santa Eulalia. Quignard recuerda ese primer poema en francés que la tradición recoge. Se trata de una canción dedicada a una muchacha española, martirizada a los trece años. Fue traducida a lengua vulgar para que los fieles pudieran entonarla al festejar su día: está compuesta en un protofrancés que es, todavía, un cuasi latín. “La literatura francesa comienza con una vida muy breve que dura veintinueve versos”, escribe el narrador. Eulalia fue quemada y decapitada por orden del emperador Maximiano; se dijo que su alma voló al cielo en forma de paloma. “Resulta que la primera alma francesa es un pájaro”, añade.

Relato documental a fin de cuentas, Las lágrimas prescinde de descripciones tediosas o precisiones contextuales. Da por sentado que el lector está inmerso en ese mundo imprevisible, en el que puede orientarse al menos en parte. Pasajes que parecen verídicos son fruto de la pura imaginación; otros que parecen de la invención del autor, responden en realidad a la evidencia histórica. Esto habla menos del talento narrativo del escritor francés que de los blancos de nuestro saber: se trata de hechos difusos que nuestra ignorancia vuelve legendarios. La trama responde al régimen de un realismo estilizado; hay que invocar la suspensión de la incredulidad que vuelve posibles los milagros y, con ellos, esa variedad de la literatura fantástica que es la hagiografía. Si buscáramos un antecedente, habría que pensar en el Flaubert de La leyenda de San Julián el Hospitalario, sin que Quignard iguale nunca sus cumbres de crueldad, de concisión y de magia.

Aunque el título de esta novela contiene más de una resonancia, la principal apunta a Virgilio, que en un hexámetro famoso de su Eneida mentó “las lágrimas de las cosas”. No está claro si esas lágrimas son a causa de las cosas o si bien las cosas mismas, susceptibles de entristecerse, son las que rompen en llanto. A través de la profetiza Sar o de frater Lucius, Quignard se las ingenia para entreverar en su relato más de un poema en verso libre. Pero estos interludios melancólicos, ocasionalmente muy bellos, edulcoran la historia. Tanto lirismo impide que Las lágrimas se transforme en la discreta obra maestra que podría haber sido: con todo, esta fábula carolingia del siglo XXI es un libro de una sugestiva rareza.