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Nota de Eterna cadencia - blog  del 04/07/2012

Juez y parte




Juan Filloy se graduó como abogado en la Universidad Nacional de Córdoba y ejerció la judicatura por casi treinta años. Prácticamente suspendió las publicaciones durante ese tiempo, pero no su ritmo de producción. «Hay un artículo en el Código donde la publicación de pornografía es punida. Yo como juez he hecho todo lo posible para que los libros que tuvieran coprolalia no estuvieran al alcance de la prensa. Por eso se hicieron ediciones privadas, que eran dedicadas personalmente, de modo estricto, a mis amigos», explicó a Ana Da Costa[1]. «Yo no podía cometer la tontería de caer en las sanciones del artículo 218 que a mí, como juez, me correspondía aplicar», le dijo a Ricardo Zelarrayán en otra entrevista, en la que también refirió: «Creo que la vocación es torrencial»[2]. En Río Cuarto pasó por todos los puestos judiciales; desde asesor hasta Presidente de la Cámara Civil y Comercial.


Escribió cincuenta y cinco obras: todos sus títulos constan de siete letras, e hizo corresponder por lo menos uno con cada letra del abecedario. Atípico, enigmático, secreto: así se describe, por lo general, a este autor cordobés que no sabía bailar y condenaba el uso de automóviles.

Caterva, publicada originalmente en 1939, fue reeditada por El cuenco de plata[3]. Los siete linyeras que la protagonizan discuten sobre filosofía, política y, por supuesto, sobre derecho: «La manera más correcta de joder a la autoridad es simulando que ella nos jode»; «La justicia es una lechuza. Guiña los ojos, alternativamente, a la izquierda y a la derecha. Guiños de esperanza al miserable… Guiños de inteligencia al potentado».


Filloy inserta latinismos y modismos judiciales en varios pasajes de sus textos. Lo hace con una sorprendente destreza cómica («abandonaron ipso facto la parrilla»). Las líneas de sus personajes aparecen tan salpicadas de esas costumbres lingüísticas como de una esgrima crítica que le valió prohibiciones y censuras: «Porque sin dinero, hic et nunc, no se puede comprar la justicia privada ni alentar la conciencia de la justicia social».


«La cárcel es siempre la fe de erratas de un libro ajeno». En -¡Estafen! también se pronuncia sobre asuntos carcelarios y judiciales. «La delincuencia es unmodus vivendi como otro cualquiera». Sobre el cargo que a él mismo le tocó: «Los jueces (…) no son los ogros que ha forjado una mala literatura. Son gente amable con los delincuentes, no sólo porque ellos justifican su papel y le dan de comer, sino porque, de tanto colocarse en su lugar para reglar la pena a través de un sentido íntimo de responsabilidad, acaban, en virtud de cierto mimetismo psicológico, por ser delincuentes también».


En La purga, los mejores pintores del mundo quedan encarcelados en una isla a la que llegan creyendo que asistirán a la Ortho Painting World Conference, organizada por un tirano. Se trata de una disparatada razzia artística, en la que se sabe que «todos los cobardes son valientes en la sombra». En Aquende, una obra tan bella como extraña, se despacha sobre el Código Civil catalogándolo de «mamotreto anacrónico».


Filloy construyó, también, su propio Bartleby. Podemos encontrarlo en la novelaVil & Vil, por la que fue detenido en el 76’ durante doce horas en las que sólo habló de literatura, atormentando así a los militares que terminaron por liberarlo. Allí, un estudiante devenido en conscripto se ve forzado a servir a un general. Ante esa situación, dice: «A lo mejor pueda jactarme de ser inventor de un modo astuto de asentir… saboteando después a mi gusto con el pequeño fragmento de voluntad que me dejen».  Y agrega, sobre la misma tarea que tuvo a cargo el personaje de Melville: «Amanuense: de “amanuensisservus a manu”. Me sentí disminuído al saberlo. Sentí que el ácido de la sumisión corroía ya mi pensamiento y mi temple». Su jefe le espetará: «Usted tiene un modo muy particular de obedecer llevando la contraria». Los personajes, en este caso, son bastante más extrovertidos que los del preferiría no hacerlo:



–Se ve que estudiás para médico por la letra imposible que tenés.


–Estudio abogacía, señor.


–Mejor, entonces: letra especial para chanchullos.



 


El incontinente Filloy quizás todavía no tenga todos los lectores que se merece. Hiperproductivo, genial, delirante y erudito (su biblioteca llegó a tener más de doce mil ejemplares), aseguraba que escribía «las cosas como son». En él encontramos a un auténtico desaforado: por lo excesivo, por lo fuera de lo común, pero también porque en sus libros «obra sin ley ni fuero», y «se expide contra fuero o privilegio»: Filloy acumula las tres acepciones que la RAE destina a este adjetivo. «Escribir es para mí un vice impuni»[4], dijo. Su delito, el de escribir sin el recato al que los jueces están obligados, felizmente ha esquivado el castigo.


Se dice que falleció mientras dormía la siesta, a pocos días de cumplir los 106 años. Suena lógico: la muerte no podría haber alcanzado despierto a este hombre multiplicado que además fue periodista, bibliotecario, caricaturista, fundador del Museo de Bellas Artes de Río Cuarto y de clubes de fútbol, ajedrez y golf, boxeador y miembro de la Federación Argentina de Boxeo –llegó a dirigir varias peleas–, y récordman autoproclamado de palíndromos y megasonetos en lengua española.


«Como ven, fui largo porque no tuve tiempo de ser corto», parece excusarse, jodón, en Footing.




Valeria Tentoni


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