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Nota de Rumiar la biblioteca - blog  del 10/06/2013

Juan Filloy o la influencia subterránea




Algunos dicen que Juan Filloy (Córdoba, Argentina, 1894-2000) serpentea en cada novela latinoamericana, y que la literatura latinoamericana es filloyliana incluso sin saberlo, apenas sin pretenderlo y hasta a pesar de no conocerlo, como si no hubiese más remedio que admitir su influjo por si acaso, porque seguramente estaba allí, porque Filloy desde luego que estaba allí y merodeando en estilográficas y teclados y páginas escritas y leídas y borradas y pensadas y apenas vislumbradas. 
Un escritor soterrado, una presencia subterránea felizmente saludable.

La purga, novela entre distópica y de dictador escrita en 1977 aunque publicada en 1990, fragmentaria, irónica, hilarante, donde se nos describe un congreso de pintura moderna (la Ortho World Painting Conference) celebrado en una paradisíaca isla (en la que se advierten extraños sucesos que la emparentan con la ciencia ficción); un congreso al que asisten pintores y críticos de arte invitados por un oscuro organizador que poco a poco revela sus intenciones (similares a las de Hitler -al que se cita en tres ocasiones- y su pretensión de acabar con el arte degenerado), o quizá mejor: una novela donde se nos transcriben para nuestro deleite y provecho un sinfín de conversaciones y opiniones y defensas y ataques de unos pintores a otros y sus desavenencias, a la manera tan felliniana de Ensayo de orquesta (aunque la novela es anterior):

"-¡Al fin estamos de acuerdo! Convengo que tales mazacotes y borrones de empaste, tales embadurnamientos atrabiliarios, tales paroxismos de manchas 'a la qué me importa', no constituye pintura sino metapintura. Pero ¡ojo! Meta meta metapintura... No usando el prefijo meta en su equivalencia griega de 'más allá', sino como voz del verbo 'meter'..."

"-El imbécil ese, Tomasso Marinetti, fue quien introdujo las sensaciones dinámicas, el brío destructor del sarcasmo, el fragor de la vida moderna.
-Buena mierda: la contaminación sonora y visual.
-Con todo, lo prefiero mil veces. Fue un mojón saludable, bien plantado en su tiempo; muy diferente a ustedes, pintores anfibios, acomodaticios."

"-Me gusta Pollock porque su técnica de arácnido me aprisionó la mirada como si fuera una mosca.
-Me gusta Gromaire por su coraje en detestar la delicuescencia amando una vida compacta y erizada.
-Me gusta Pollock por menos culto.
-Me gusta Gromaire por su talento en unir los vidrios rotos de la abstracción y su afán de zurcir los saldos de las pasiones. Me gusta Gromaire porque plasma agriamente un fatum artístico escarpado de angustia y belleza.
-Me gusta Pollock.
-Me gusta Gromaire."

No deja de ser tampoco un exhaustivo análisis de la pintura, de la historia de la pintura (donde hasta Elmyr de Hory tiene su espacio) y sobre todo una radiografía de la volatilidad del concepto de belleza, del que cada uno tiene una opinión bien diferente. 

Confieso, por lo demás, que desentrañar a Filloy me resulta desasosegante por inaprensible, porque, como se dice en este mismo texto, "Es imposible comprobar los prodigios, porque lo más admirable de ellos es que desaparecen si se analizan", porque su lectura responde a la performance y no tanto a la explicación ni al desmenuzamiento, porque incluso con dos o tres citas no se puede adivinar, a través de esa muestra, el todo: un complejísimo entramado y tejido fragmentario y a ratoscollage de opiniones y discusiones y chascarrillos e ironías ("Su preferencia me recuerda ser la de aquel lunático que prefería la Luna, por útil al alumbrar la noche, despreciando al Sol porque alumbra de día, cuando no hace falta...") que así, sueltas y arrancadas de la tela, despojadas de sus orillas, carecen de brillo (o al menos del suficiente brillo como para que puedan esculpirse en piedra), pero todo eso bien trenzado y delineando dibujos, y mientras ejecutamos la lectura, palabra tras palabra, sonrisa y al poco carcajada (ya se sabe que todo cordobés tiende naturalmente al humor), y mientras asistimos al oscuro final de tantos pintores juntos, vemos allí a Marechal y a Cortázar y a Roa Bastos y a Bolaño, y mientras seguimos leyendo y divirtiéndonos de lo lindo, no concebimos que su obra sea prácticamente desconocida y hasta en gran parte permanezca todavía inédita. Escribió unas cincuenta novelas (todos sus títulos de siete letras), de las que apenas se ha editado una docena en Argentina (y escasas dos en España por Siruela).

Editemos a Filloy. 
Leamos a Filloy. 
Refresquémoslo.

Mis baldas están deseosas de cobijar sus obras completas.




Verónica Nieto Foco


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