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Nota de Cultura - LAVOZ.com.ar  del 01/03/2009

El otro periplo de Juan Filloy

La reedición de “Aquende” continúa con el rescate de la obra del escritor cordobés. ¿Anticipó Filloy las principales líneas estéticas del siglo XX, o llevó a un punto culminante la tradición del XIX?


Por Candelaria de Olmos
Especial

Aparecido por primera vez en 1935, Aquende se hizo famoso porque fue ahí donde Juan Filloy usó la expresión "realismo mágico", mucho antes de que la crítica la acuñara para referirse a la literatura del Boom latinoamericano. Eso que en rigor de verdad no pasa de ser un juego de palabras en el conjunto de un libro por demás misceláneo, animó a ciertos lectores a sugerir que Aquende se había anticipado al futuro. Nada de eso: en este, como en muchas de sus producciones de la década de 1930, Filloy sigue siendo un espíritu decimonónico.

Al fin y al cabo, fue un gesto típico de los letrados del siglo XIX el que impulsó a Filloy a publicar, en primer término, su Periplo, un libro con el cual Aquende guarda una relación estrecha. Y es que si aquel reunía las estampas de un viaje que el autor había realizado un año antes por Europa, este reúne, en cambio, sus impresiones sobre la Argentina. Se trata no ya de narrar el viaje por el extranjero que lo vuelve y lo devuelve consagrado escritor, sino el viaje por el interior del propio país. En este sentido, Filloy es el reverso de Sarmiento: no el escritor que dice el interior para tener una carta de presentación afuera, sino el escritor que dice el afuera para después poder "pintar la aldea" desde adentro.

En otro sentido, sin embargo, Filloy es Sarmiento. Claro que sería del todo inconveniente creer que la pregunta de Piglia –"¿quién escribirá el Facundo del siglo XX?"– ya estaba respondida de antemano. Una vez más: sería del todo inconveniente juzgar a Filloy un adelantado y a Piglia un lector distraído. Pero, en todo caso, es imposible sustraerse a la tentación de sugerir que Aquende es una suerte de Facundo. En primer lugar, por la indecisión genérica: ni novela, ni ensayo, ni poema. En segundo lugar, por el esfuerzo puesto en la observación del paisaje, pero también en la captación de los tipos humanos que lo habitan. En tercer lugar, por el modo de juzgar esos tipos humanos que entonces devienen estereotipos (el gaucho es indolente y vago; el inmigrante, trabajador y sacrificado). En cuarto y último lugar, por la diatriba política que, curiosamente (porque después de todo estamos en plena década infame), se dirige a las figuras del siglo XIX: Mariano Moreno, Vicente Fidel López, Avellaneda, el propio Sarmiento... Lo dicho: Filloy no anticipa, retrocede.

El poeta de la tierra. Pero, ¿sólo retrocede? Porque de otra parte, Aquende es una indagación sobre la nacionalidad en momentos en que el tema está a la orden del día. Para entonces, Leopoldo Lugones ya ha publicado La grande Argentina y La patria fuerte, mientras que Ezequiel Martínez Estrada ha hecho lo propio con Radiografía de la pampa y Las rutas de Trapalanda.

Menos ensayístico y más poético que sus pares, sin embargo, Filloy se distrae de la reflexión filosófica, sociológica o jurídica y se demora, en cambio, en los juegos del lenguaje. Por empezar, apela a las metáforas musicales que ya había probado en Periplo –de hecho, el subtítulo de Aquende es "Sinfonía autóctona"–, para organizar un itinerario que va de la Patagonia a la pampa, de la pampa al Litoral y del Litoral a la región andina. El libro se divide, pues, en cuatro partes principales: "Suite del viento y la nieve", "Suite del cielo y la pampa", "Suite del sol y la selva" y "Suite del agua y la piedra". En todas ellas, e independientemente de la región de que se trate, Filloy encuentra oportunidad no tanto de explorar la argentinidad, cuanto de demostrar su dominio lingüístico y literario. El primero se advierte en el uso de los vocablos menos frecuentados del diccionario; el segundo, en el abuso de las figuras retóricas. Especialmente de la personificación y de la alegoría que hicieron las delicias del neoclasicismo y que Filloy –también en esto un visitante del pasado– hace suyas. Entonces, el bosque es "paciente y sabio" o "ceñudo y colérico"; el mar tiene bíceps y el cielo, la tos de un tuberculoso. El colmo del mal gusto (¿o de la parodia?) lo alcanza cuando pone a discutir al chiripá con el breech o al ombú con el Aconcagua. Después están las aliteraciones ("cielo de lona, nieve de lana, claro de luna"), las comparaciones (la noche "tirante como un raso negro en el bastidor de los horizontes") y las alusiones mitológicas que, de algún modo, confirman la hipótesis de Borges en El escritor argentino y la tradición, según la cual la literatura vernácula está hecha de extranjerismos. Así, el mar austral que pinta Filloy está poblado de nereidas danzantes; los bosques del Litoral, de faunos atrevidos.

Excepción hecha de unos pocos episodios narrativos –como aquel del gaucho que quedó manco y ya no puede empuñar el facón ni rasgar la guitarra, episodio que, en cierta medida, es un precursor de Los Ochoa–, el discurso es predominantemente descriptivo, moroso, reiterativo y exhibe la gratuidad de lo poético. Nada de realismo mágico; mucho, en cambio, de un modernismo trasnochado y de un vanguardismo no del todo comprendido

Balconeando la argentinidad. Entre las "Suites", sin embargo, Filloy intercala o bien un interludio o bien un intermezzo que reserva para indagar el ser o, cuanto menos, el pasado nacional. Es en esas ocasiones donde la poesía cede, si no al ensayo, al menos a la polémica.

Especialmente llamativo, en este sentido, es el Interludio que sigue a "Suite del cielo y la pampa", donde, con el auxilio de lo onírico, el poeta emprende un viaje no ya al interior de la Argentina, sino al trasmundo. Allí, se encuentra con el Dr. Gaspar Francia, que lo invita a "balconear la argentinidad" desde el mismísimo palco de Dios. Ambos asisten, entonces, a un discurso de Vicente Fidel López que se encarga de narrar, un poco en solfa, la historia del país, desde la conquista hasta comienzos del siglo XX. De lo mismo se ocupa Juárez Celman, que se precia de ser uno de los cuatro santos cordobeses junto con Séneca, Góngora y el propio Dr. Francia (porque total "Dios no sabe nada de geografía"), y a cuyo cuidado queda el poeta poco después. Especie de Virgilio nacional, Juárez Celman le informa que todos los demás cordobeses han sido recluidos en el infierno, empezando por Vélez Sársfield, a causa de la redacción que hiciera del Código Civil. Portavoces del autor, son los muertos quienes asumen la tarea de juzgar jocosamente los errores y miserias de la construcción nacional. Y si la estrategia es poco audaz, también es poco solemne.

Es en estos capítulos donde Filloy consigue, pese a todo, ponerse a tono con las discusiones de su época e incluso anticipar, si no el realismo mágico, al menos un tipo de humor que, sólo mucho más tarde, se reencarnaría, por ejemplo, en la literatura de Copi. Lo cual ya es un argumento suficiente para celebrar esta reedición de Aquende.




Candelaria de Olmos


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